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| Una novela de anti autoayuda |
Por ciertas circunstancias de la vida, me vi
forzado a leer algunas novelas de autoayuda. Confieso que antes de
leerlas tenía un inmenso prejuicio contra ellas. Luego de la inefable
experiencia de leer algunas muy conocidas, mi prejuicio se transformó en
juicio informado, que más que ratificar el prejuicio, lo superó con
creces: las novelas de autoayuda son la peor y más perversa canallada
inflingida a la humanidad.
Falaces hasta el tuétano, no hacen sino engatusar a los incautos que
caen en su telaraña. Plagadas de odioso y gratuito entusiasmo, proclaman
irresponsablemente la sobrenatural existencia del libre albedrío, hacen
posible lo imposible, trivializan las dificultades de de la vida,
minimizan la traumática historia particular de cada individuo, y hasta
niegan la lógica más elemental. ¡Todo es posible con sólo desearlo! ¡No
al principio de no contradicción! ¡Desterremos el axioma del tercio
excluido!
Después de sufrir disciplinadamente el tormento de las novelas de
autoayuda, podría despotricar de ellas durante días, años, décadas,
podría lanzarles diatribas hasta el fin de mis miserables días. Pero no
perderé mi tiempo.
Sin embargo, a pesar del absoluto desprecio que les profeso, debo
reconocerles un mérito indirecto: son inspiradoras.
Por lo menos, debo agradecerles mi primera novela, bueno o mala, pero
mía. |
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| El objetivo de La Rata |
¿Es cierto que todos podemos triunfar? ¿Será
tan sencillo como lo cuentan las modernos fábulas de caballería animal,
bastarán el puro deseo y la fuerza de voluntad para lograrlo? ¿Por qué
sólo la cofradía de animales hermosos y simpáticos aparece vencedora
en ellas? ¿Es acaso el talento patrimonio de todos, o exclusivo de éste
zoológico selecto? ¿Será cierto que no sólo delfines, gaviotas, corceles
y perros finos pueden ser felices?
En respuesta a éstas y otras interrogantes, emerge la rata anónima de su
infame y fétida cloaca, dispuesta a demostrarnos que el bestiario
completo, desde el más desvalido hasta el más habilidoso, todos sin
excepción, poseemos talentos y habilidades para salir adelante en este
mundo duro. Que todos los individuos, incluso el más común, es,
paradójicamente, un ser único y especial.
La primera aventura de la rata, aunque tácita, es fundamental, es la
aventura de su vida, subyacente a todo cuanto vendrá: dejar de ser sólo
parte de su cáfila, liberarse del yugo del anonimato, poseer un nombre
propio. En un exceso de ingenuidad, supone que la palabra de un
individuo basta para que el objeto exista; no sabe que el lenguaje es un
acuerdo que trasciende al individuo y lo subyuga, y que por lo tanto, la
naturaleza misma de lo humano es la pequeñez, su existencia como símbolo
efímero. Sólo lo abstracto, aquello que destruye lo particular, será
útil para la humanidad y sobrevivirá al individuo.
Así, parte la rata a conquistar sus sueños, con su mayor arma, la de
crear a través del símbolo, y en particular, la de haberse recreado a sí
misma como ser único e individual a través de su nombre.
En sus cuitas se encuentra con ídolos de las entusiastas fábulas del
éxito fácil y exitosas bestias mediáticas: el Delfín, Juan Salvador
Gaviota, el Corcel Negro, Lassie. A todos admira y a todos quiere
imitar. Sus anhelos son un lugar común para el mundo judeo-cristiano:
llevar una vida digna, sentirse única y especial, desarrollar los
propios
talentos, poseer sueños y llevarlos a cabo. Para la rata el camino es duro
y plagado de escollos que ponen a prueba su tenacidad. Entonces se va
develando las verdaderas miserias de sus ídolos. En cada caso, la rata
descubre la mediocridad y vileza de su ídolo, pero es contumaz y siempre
cae víctima del siguiente prosélito.
Descubierto el sinsentido de su empresa, reconoce no haberse topado con
ningún ser especial. El talento, generalmente confundido con la mera
habilidad, si no es inexistente, por lo menos es escasísimo en los seres
que pueblan el mundo.
Harta de buscar sueños y trascendencia, valora su naturaleza mediocre y
prescindible, y añora el anonimato de su cloaca. Por ello, sin nombre ni
esperanza, emprende el camino de regreso.
Pero el destino aún no le había tendido la última celada. Una explanada,
seca y monocroma, donde el viento reina y el tiempo nunca transcurre,
intercepta su camino. Ahí encuentra el macabro paraíso a donde van a
parar todas las ratas manumisas. Ratas que pagaron la altísima factura
de sus sueños con taras y mutilaciones. Dominándolo todo, están el Señor
de los Sueños y su vicario Pedro, el profeta ciego que fundó aquella
cofradía de tullidos.
El final de la rata es incierto. Intentando huir desfallece, y
moribunda, tendida en el suelo duro, no ve, como dicen que se ve, una
luz al final del túnel, sino sólo, como última esperanza, el agujero
lejano y oscuro de una cloaca hollando la explanada. |
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Autor: Eyra (México 2/8/2008) Hola, acabo de leer tu texto en pantalla, me hizo mucha gracia, pues de niña, empezando en mi adolescencia, decidí leer algunos libros de un tal Carlos Cuahutemoc Sánchez, habría de ser mi primera elección, y la más mala de todas.
Sus libros, aunque curiosos, no eran más que una sarta de tonterías, complejos morales que nada tenían de consejos, hubiera sido mejor escuchar a un conservador hablar de sexo y religión.
Me llenó de complejos y miedos. Son una atrocidad.
Un saludo afectuoso, y pronto leeré tu novela.
Eyra Wong
Te leí en el foro como Misma Mujer.
Besos |